miércoles, 22 de junio de 2011

15.¿Dónde está?

Desde aquella noche el tiempo comenzó a transcurrir muy lentamente. La vida seguía, la rutina continuaba con su curso normal, pero de alguna forma, sentían que el tiempo se había detenido. Era como si el aire fresco que le infundía vida a aquel reino se hubiese esfumado, dejando paso a una sempiterna que amenazaba con convertirse en otra cosa. Una tormenta, quizá.
 La reina Dayana y sus hijas recibieron varias cartas de Ginebra, en las que la muchacha expresaba su total y completa felicidad, y les hablaba de la gente que había conocido, o algo de la magia que había aprendido. Dayana se sentía algo aliviada ante esto, a pesar de que no era lo que deseaba para el futuro de su hija. Pero ahora era feliz, y eso era lo más importante. La aliviaba, a pesar de todo, por lo que pronto se sintió feliz por ella.
 Al igual que el resto de las hermanas de Ginebra. Aunque la echaban de menos, mucho de menos.
 -¡Adriana, tengo que hablar con vos!-dijo Nereida, entrando en el comedor, dónde la muchacha se estaba tomando una taza de té. Parecía como dormida, mientras bebía estaba medio hipnotizada, sumida en sus pensamientos.
-Decidme, Nereida.
-¿A quién preferís, al marqués de Lorbough o al conde de Tántara?-dijo con petulancia, sentándose enfrente de ella.
 Adriana estuvo a punto de dejar caer la taza de té de sus manos. Pero inmediatamente dijo:
-Al conde de Tántara, por supuesto. Es más cortés y educado conmigo, además, el marqués de Lorbough es un hombre muy rudo. Demasiado rudo para mí.
-Aparte de que el conde de Tántara es más hermoso.-dijo Nereida con el mismo tonillo de petulancia.
 Adriana se sonrojó violentamente al oír estas palabras, y tuvo que dejar la taza de té en la mesa para no dejarla caer. En aquel momento se moría de ganas de darle un cachete a su hermana.
-¿Se puede saber qué os pasa hoy? Esta actitud no es muy propia de vos.
-¿A mí? ¡Nada! Yo sólo quiero ayudaros, ya lo sabéis.-dijo Nereida, mordiéndose la lengua para no tener que echarse a reír.
-¿Ayudarme? Más bien tendría que ayudaros yo a vos, qué soy la mayor. A madre le gustaría que os decidierais pronto por un hombre…tenéis casi tantos pretendientes como Elizabeth, y no os gusta ninguno. ¡Ya es hora de que os decidáis!
-¡Es demasiado pronto! Aún no he…sopesado todas las opciones.-masculló Nereida, teniendo el repentino deseo de cambiar de tema.
-¿Demasiado pronto? Si esperáis un par de años más os quedaréis para vestir santos, yo misma me casaré muy pronto, de eso estoy segura. En cambio, vos…
-¡Tiempo al tiempo, hermana!-dijo Nereida, muy nerviosa.
-¿Tiempo al tiempo? La hora de decidir siempre llega, mi querida Nereida…-dijo Adriana cogiendo su taza de té y apurándola. –Además, a madre le gustaría mucho que os decidierais pronto por un esposo. Tenéis opciones muy buenas, la verdad.
 Nereida suspiró. La verdad es que eso era cierto, pero ella no deseaba casarse todavía. Tenía muchísimos pretendientes que le mandaban cartas de amor, o que bailaban con ella en las fiestas, pero Nereida no se sentía inclinada hacia ninguno de ellos. Sencillamente, no era capaz. Algunos le parecían hermosos, pero no era capaz de elegir a ninguno.
 Dos años atrás habría sido capaz de escoger pronto al hombre adecuado, hermoso, de buena posición económica y adecuado para ella. El amor poco importaba, pero Nereida hubiera sido feliz, pues la había educado para eso. 
 Aunque, desgraciadamente para ella, la situación había cambiado sobremanera. Ya no era capaz de olvidarse de él, era demasiado tarde para que pudiese seguir la senda que habían trazado para ella.
 Si se casaba, se pasaría todos los días de su vida pensando en él, no sería capaz de olvidarle jamás, y se sentiría culpable durante el resto de su vida. Si se casaba, estaba segura de que eso era lo que pasaría.
 Por eso prefería dejar las decisiones para más tarde.
-Deberíamos hablar de ese tema más tarde…-dijo Nereida, levantándose.-Me iré a mis aposentos para prepararme para el baile de esta noche…si subís pronto os puedo ayudar.
-Está bien.-dijo Adriana, cogiendo un pastel para comenzar a comérselo.
 Nereida subió hacia sus aposentos, con un montón de pensamientos arremolinándose en su cabeza…
  Julian llamó a la puerta de sus aposentos.
-Nereida, ¿estáis ahí? Me gustaría mucho hablar con vos.
-Adelante, Julian.-dijo Nereida, sentaba frente a su tocador. Su voz sonaba muy perezosa, lo que era señal de que pensaba echar a Julian de malas maneras muy pronto.
-Tenía que hablar con vos de algo muy importante…
-Decidme, Julian.-dijo Nereida con la misma voz perezosa, arreglándose el pelo con cuidado, haciéndose el moño que siempre se hacía para los bailes.
-Tengo una carta para vos…-Julian le dejó a la muchacha una carta encima de su tocador. Nereida la cogió y la leyó rápidamente.
…y se levantó apurada.
-¿Quién…os…ha…dado…esa…carta?-farfulló, tratando de no desmayarse, aunque sentía que se estaba poniendo muy pálida. Muy pero que muy pálida.
-Un criado con aspecto muy siniestro que se pasó por aquí la otra noche…me dio esta carta expresamente para vos…
-¿Seguro que no habéis manipulado nada de esa carta?-preguntó Nereida ipso facto.
-¡No! ¿Se puede saber en qué estáis pensando? ¿Acaso es que no confiáis en mí?-dijo Julian, con una sonrisa de picardía.
-No.
-Lo que pensaba. Pero no he hecho nada…si seguís las instrucciones de la carta lo podréis comprobar…si no queréis hacerme caso…es cosa vuestra, yo ya he cumplido con mi parte.-dijo Julian, acercándose a la puerta y saliendo de los aposentos de la princesa.
 Nereida se quedó allí de pie, mirando la puerta por dónde Julian acababa de salir. Se había quedado paralizada, sin saber qué hacer. Volvió a leer la carta, para cerciorarse de que lo que decía era cierto. Pero no sabía qué hacer.
 ¡Por supuesto que no sabía qué hacer!
 ¡Estaba tan confundida! Sabía muy bien de lo que era capaz de hacer Julian, pero de todos modos…el criado podría haber intimidado a Julian, o él habría dado con el modo de hacer que Julian no pudiese modificar la carta… ¿quién sabe? Nereida se estaba engañando un poco a sí misma, todo por el deseo de estar segura de que todo era cierto. Por lo que, al cabo de un rato, tomó una decisión.

 Así que arrugó la carta entre sus manos y la arrojó al fuego…
 La pequeña Bellatrix corrió para salir fuera del castillo, para pasear entre los jardines. Le gustaba mucho tirarse entre las flores, rodar entre ellas, tumbarse al sol y cerrar los ojos, para poder susurrar en voz baja sus poesías.
 Aquella tarde se sentó entre un montón de amapolas y se abrazó las rodillas. ¡Era tan hermoso el atardecer! Lleno de vida, pues a ella siempre le había gustado la noche. Le daba la sensación de que traía más vida que muerte.
 No sabía cómo lo sabía pero de hecho lo sentía, y demasiado bien.
 Bellatrix se tumbó entre las flores y cerró los ojos, sintiendo la brisa, el sol y agarrando entre sus manitas aquella caja que una vez había encontrado en el baile…
  Elizabeth se estaba arreglando en su propio tocador, sumida en sus pensamientos. ¿Qué es lo que pasaría si se casaba pronto? Tenía la sensación de estarse enamorando de un joven, aunque aún no estaba demasiado segura de ello.
 Por el momento, se dedicaba a ayudar a su prima Vic en su relación con Julian, si es que a eso se le podía llamar relación. A veces parecía una aventura, otras veces una relación. Elizabeth se sentía un poco como la Celestina, al ser la confidente y la protectora de esos amores secretos. Pero le encantaba, de todos modos.
 Dentro de poco se decidiría su propio destino. Pero… ¡En fin! ¡Qué sea lo que tenga que ser!
   Al anochecer, la joven Luna estaba de un lado para otro cumplimentando los preparativos para el baile. Era la que más trabajaba de todos los criados, además se sentía especialmente ilusionada aquella noche, aunque no estaba muy segura de por qué exactamente.
 Poco importaba, de todos modos. Tenía mucho por hacer, quizás demasiado.
 La reina Dayana se pasó por allí para ver trabajar a la joven criada. Sonrió, y luego dijo:
-Luna, parad un rato, por favor.
 Luna obedeció, e hizo una reverencia a la reina.
-Me gustaría que os vistierais con esto…quisiera que asistierais a la fiesta.
-¿Yo? Pero yo no puedo…mezclarme con aquellas gentes…
-No digo que hagáis eso. Pero os podéis poner lo que mejor tengáis y disfrutar de algunas cosas de la fiesta. Os lo merecéis después de tanto trabajo.-dijo Dayana. Le gustaba darles de vez en cuando un premio a sus criados más fieles. En resumen, a Luna, que era la mejor.
 -De acuerdo, majestad. Y muchísimas gracias.-Luna hizo una reverencia de agradecimiento.
-Ahora tendréis que ir a prepararos…la fiesta comenzará dentro de poco.
-Sí, señora.-dijo Luna, haciendo otra reverencia y marchándose hacia sus humildes aposentos.
 La reina Dayana sonrió, sintiéndose generosa aquel día. Muy pero que muy generosa…
 Aunque al final del día aquella sensación desaparecería. Más concretamente al final de la fiesta…
 Finalmente la noche llegó. El baile prometía ser muy bueno. Nereida fue la primera que bajó, a paso elegante y mirada distraída. Estaba muy bella, llevaba un vestido azul claro que resaltaba su belleza, y un moño con piedrecillas que brillaban sobremanera. Los adornos de su vestido eran muy exquisitos, lo que la hacía todavía más bella. Pero ella no se sentía así. No era consciente de su propia belleza.
  Adriana se sentía más bella que su hermana, su vestido rojo oscuro resaltaba la palidez de su piel, y su cabello pelirrojo estaba suelto, pero ondulado, lo que la  hacía hermosísima.
 Inés en cambio parecía estar muy distraída aquella noche, su vestido azul claro la hacía parecer un ángel, aunque un ángel distraído que hacía las cosas de un modo muy liviano, como si no fuera con ella, cosa de la que su familia tardó bastante en darse cuenta, por suerte para ella. Ella no deseaba que nadie le preguntase lo que le pasaba, no se encontraba de humor para contestar preguntar.
 En cambio, el resto de las hermanas llevaban unos vestidos blancos muy parecidos, cosa de un trato entre ellas. A Elizabeth le daba el aspecto de un ángel incluso más que a Inés, le daba mucha más belleza que a ella.
 Luna iba de un lado para otro en la fiesta, charlando alegremente con las damas de compañía de algunas invitadas, o algunas criadas que iban con ellas para ayudarlas con alguna u otra cosa. Estaba muy bonita, con su sencillo vestido de fiesta de color claro, por lo que a nadie le extrañó verla por allí. Es más, a nadie le importó que estuviese allí, por lo que Luna era muy feliz aquella noche. Feliz como nunca lo había sido en toda su vida.
 Nereida comenzó a bailar nada más llegar, recibió tres invitaciones y no tuvo más remedio que aceptar una de ellas y salir a la pista de baile, para moverse con su gracia habitual. Por supuesto, aquel era uno de sus muchos pretendientes, cosa que le agradaba y la incomodaba. Tenía pretendientes para dar y regalar, cosa que en el fondo la aburría un poco. Y le daba más excusas para aplazar el tiempo.
 El resto de las chicas encontró muy pronto alguien con quién bailar. Hasta Luna recibió una invitación para salir a bailar. Era de un joven que no era demasiado rico ni de clase demasiado alta, pero sí lo suficiente como para que Luna se sintiese halagada, por lo que lo hizo lo mejor que buenamente pudo.
 Dayana se paseó por la pista de baile, contemplándolo todo con algo de melancolía. Echaba de menos a su hija, quizás demasiado, y deseaba con todas sus fuerzas que estuviese allí, a pesar de que le alegraba que ahora fuese feliz.
 Se paseó entre los invitados, dando cordiales saludos y reverencias, para observarlos a todos mejor. Sus hijas parecían estar bien, pero ninguna se decidía todavía. Es probable que ella tuviese que darles un empujoncito de un momento a otro, pero por el momento prefería esperar. No sabía cuánto tiempo tendría que esperar, pero algo esperaría.
 Luego observó a Julian, que bailaba con Victoria. Suspiró. Había creído de veras que sería un buen partido para Nereida, pero al parecer ésta no hacía más que hacerle ascos. ¡Y ahora se lo llevaría Victoria! Su propia dama de compañía.
  Esto molestaba un poco a Dayana, a pesar de que apreciaba a Victoria mucho y de que se alegraba algo de que hubiese encontrado el amor. Julian sería bueno con ella.
 Aunque ahora que lo pensaba bien…si se fijaba una bien y reflexionaba, podría darse cuenta de que Julian no era el hombre adecuado para Nereida. No, señor, no lo era. Era imposible saber el por qué, pero había algo entre ellos que hacía imposible que pudiese surgir algo entre ellos, o de que Nereida pudiese encontrar la forma de ser feliz a su lado. Sí, señor, eso era misión imposible.
 “Menudo despilfarro” pensó Dayana, antes de ir a mirar a otra de sus hijas. Vio como Adriana reía con el conde de Tántara. Era un joven muy hermoso, sin duda, y de muy buena posición. Dayana había recibido algunas indirectas de que ese joven iría a pedirle la mano de su hija mayor, lo que la aliviaba. La pequeña ya se había casado, por lo que sería feliz si se casaba ahora la mayor. Después podría casarse Anne, luego Inés, después Yvette, más tarde Nereida…sería un orden adecuado, sin duda. Algo extraño, pero justo, la verdad.
 ¡Un momento! ¿Anne? La reina Dayana no se podía imaginar con quién se casaría Anne. Ella no moriría ni envejecería nunca, por lo que la única persona adecuada para casarse con ella sería uno que fuese como ella…debería ser uno de esos vampiros que se relatan en las historias de Drácula. Cruel, cierto, pero refinado, y que viviese en un lujoso castillo, y pudiese hacer feliz a su hija. Desgraciadamente, sólo aquello podría ser lo adecuado para Anne…
 A no ser qué encontrase a otro muchacho, se enamorara, y entonces ella…
 ¡Dios, qué difícil se estaba volviendo la situación! Decidió no pensar en eso ahora, y fue a tomarse una copa de vino.
 Entrecerró los ojos, poniendo una cara muy parecida a la de Adriana cuando bebía té, medio hipnotizada. Desde allí podía observar muy bien a Luna, que bailaba con un joven que no había visto antes.
 No se parecía demasiado a ninguno de sus distinguidos invitados, pero era hermoso, y algo pálido, más que su hija Elizabeth. Era muy grácil al bailar, y Luna parecía encantada. Iba a tener suerte y todo la chica ésa…desde luego tenía que ascenderla a dama de compañía, sólo así podía escapar de su actual posición social y encontrar un joven que la mereciera. Alguien como aquel, por ejemplo. Sin duda Luna se lo merecía.
 Aunque había algo en él, pero la reina Dayana no lograba dilucidar el qué. En fin, igual daba. Serían imaginaciones suyas, resultado de la copita que se estaba tomando, por lo que la dejó en su sitio, y se fue a charlar con algunos de sus diplomáticos. Sería algo más productivo que quedarse allí mirando a los demás, sin duda. Quizás era algo que le había pegado a la pequeña Bellatrix.
 Inés se sentía más distraída que nunca aquella noche, incluso a veces una extraña nebulosa la invadía, aunque ella no lograba dilucidar el por qué. De todos modos poco le importaba, lo único que ella deseba ahora era poder bailar, y olvidarse de los sueños que últimamente la atormentaban. Así que aceptó la invitación de un pelirrojo que la miraba con una sonrisa pícara, y que prometía ser una buena compañía.
 ¡Y no se equivocaba! Su conversación era tan tremendamente divertida…aquello la sacó un poco de su distracción perenne, pero no del todo. Sobre todo porque comenzó a pensar en él. Dios, qué confusa estaba. Tendría mucho en qué pensar después…
 Adriana estaba feliz, reía y bailaba con el conde de Tántara, pero de vez en cuando miraba de reojo a Nereida, quién charlaba o dirigía sonrisas frías a su acompañante, quién parecía embelesado con ella, aunque la muchacha no se sentía capaz de apreciarlo.
 Adriana suspiró. Justo lo que esperaba. Después del baile tendría que advertirle. O simplemente darle un pequeño empujoncito. Por ahora, lo único que hizo fue susurrarle algo al conde de Tántara, y echarse a reír ante su respuesta…
 Elizabeth estaba en una situación algo parecida a la de Nereida en cuanto a amores, pero ella hacía tiempo que había decidido superarlo, por lo que se esforzaba en encontrar a un hombre que la quisiese, y cuanto antes.
  Esta resolución estaba formada en parte por la certeza de que el hombre al que ella amaba estaba muerto. Y ella era fuerte, lo único que deseaba era superarlo…
 Nereida miró de un lado para otro, buscando el reloj que tenía que estar colgado en alguna parte de la sala. Disimuladamente, para que nadie se diese cuenta, pero por suerte lo encontró pronto. Y entonces, al ver la hora, supo que tenía que actuar.
 Abandonó las pistas de baile con la excusa de descansar un poco. Se hizo paso entre la gente, y con el sigilo de un gato, haciendo algunos movimientos de disimulo, salió de la sala del baile, sin que nadie, absolutamente nadie, se diese cuenta...
 Dayana dejó a los diplomáticos con los que estaba charlando, con la intención de reunir a sus hijas para decirles algo. Las buscó, pero entonces se dio cuenta de algo. Alguien faltaba.
 Buscó a esa persona por todas partes, pero no había señales de ella. Incluso por aquellos lugares por dónde sabía que estaría o debería estar. Y se alarmó. Entonces hizo algo que no se esperaba que haría, pero ella sabía que tenía que hacerlo.
 Reunió a sus hijas y a unos guardias en su despacho, y mirándolos con una mirada alarmada dijo:
-Luna ha desaparecido. ¡Tenemos que buscarla!

martes, 21 de junio de 2011

14.Un duelo sangriento.

Hogwarts era un lugar increíble, sencillamente maravilloso. Era el castillo más majestuoso en el que Ginebra había tenido la oportunidad de estar en toda su vida. Y se sintió muy feliz. Una nueva esperanza iluminaba su corazón, ahora tenía una oportunidad de aprender cosas y trazar ella misma el hilo que tejía su vida...
 Fue seleccionada en Gryffindor y colocada junto a las alumnas de sexto, gracias a su edad y a que poseía ya algunos conocimientos acerca de la magia (aunque de vez en cuando tendría que tomar clases particulares).
 No tardó demasiado tiempo en adaptarse a su nueva vida. Unos pocos días. Se esforzaba mucho en ser de las mejores alumnas, hasta el punto de que consiguió uno de los mejores puestos. Ginebra deseaba aprender todo lo posible, para desarrollar su magia curativa, cosa que le encantaba. Además, se sentía fascinada por la sociedad mágica de la que estaba comenzando a formar parte. 
 ¡Había tantísimos misterios por descubrir! Ginebra tenía un camino muy amplio por delante...
 En cuanto a la gente, hizo muchos amigos en poco tiempo, ya que Ginebra era una chica muy sociable, alegre y sobre todo llena de vida.
  Ginebra pasaría por muchas cosas en aquel lugar, ni ella misma sabía todo lo que marcaría su vida. Pero muy pronto lo sabría...
 -¿Crees que nos habremos alzado ya con la victoria?-dijo un hombre con una copa de "vino" en la mano. Llevaba una capucha negra, al igual que la mujer rubia que lo miraba con gesto burlón.
-No cantéis victoria todavía. Estamos preparados para la guerra, lo que tenemos que hacer ahora es lanzarnos a ella.
-Querida Dafne...no debéis preocuparos demasiado-dijo el hombre, apurando la copa
-¡Por supuesto que debemos preocuparnos, hasta que tengamos la victoria segura! Nunca hay que bajar la guardia...esto es peligroso, ¿acaso es que no lo recordáis?-la voz de la mujer sonó sensual, a pesar de su preocupación.
-Eso ya lo sé, pero la situación lleva siglos igual, no creo que venga nadie...
-Eso deberíais preguntárselo a la jefa.-dijo Dafne, sentándose encima del regazo del hombre.
 El hombre fingió escandalizarse,pero luego tomó a la mujer por la cintura.
-¡Dafne, por favor, que hay mucha gente en la otra sala!
-¿Y quién os ha dicho que me estaba insinuando?-dijo la mujer en un tono bastante coqueto. Acercó sus labios a los del hombre, pero sin llegar a rozarlos-de todos modos poco importa, aquí podemos hacer lo que queramos.
-Mira la que decía que esto era...
-Tiempo al tiempo Geoden. Tiempo al tiempo...-dicho esto le besó en la boca con lujuria, beso que él siguió con ansias.
 Se estuvieron besando durante un buen rato, hasta que de repente él se separó de ella, algo aturdido.
-He oído algo...
  Geoden se levantó del sillón, agarrando a Dafne todavía por la cintura, y mirando a su alrededor, alerta.
-¿Oír algo? Yo diría que ya no se oye nada...-Dafne tenía razón. Antes había habido mucho ruido en la sala de al lado. Pero ahora se había hecho un silencio absoluto.
-Deberíamos ir a comprobar lo que ha pasado...-dijo Dafne, tan alerta como Geoden.
 Geoden se marchó a la sala de al lado para comprobar qué era lo que estaba pasando...y cuando se dio cuenta regresó apurado.
-¡Mierda, es una emboscada!
-¿Qué?-Dafne se acercó a mirar, pero Geoden la detuvo.-¿Se puede saber de quién?
-De un solo hombre. De un maldito hombre.
-¿Qué demonios...?
-Un hombre con aliados muy poderosos...tendremos que enfrentarnos a ellos...
  Dafne y Geoden se prepararon, y luego salieron a la sala de al lado, dónde se encontraron con una sorpresa bastante desagradable.
 El castillo estaba siendo asaltado por un grupo de caballeros que luchaban muy duramente contra sus aliados, a caballo. Parecían salidos del mismísimo infierno, y todos tenían una figura etérea, casi podría decirse que fantasmal. Todos menos uno de ellos, que iba montado en un purasangre negro y llevaba una camisa blanca y el cabello moreno despeinado.
  A pesar de todo, no parecía más frágil que los demás, ni mucho menos.
-¿Quién se supone que ese hombre?-preguntó Dafne, furiosa.
-Os apuesto lo que queráis a que es un maldito rebelde...pues bien, vamos a darle una lección. Estoy seguro de que no sabe de lo que somos capaces.
  Geoden se echó entre el gentío que luchaba, y entonces sacó una daga, que parecía arder como una daga del mismísimo infierno.
 El hombre no se cortó ni un pelo, le clavó esa daga a uno de los fantasmas, que se disolvió enseguida rodeado por un aterrador fuego violeta.
 Geoden lo constató con satisfacción, y volvió a hacer lo mismo con todos los fantasmas que se encontró. Dafne lo miraba y se reía como una loca. Así que sacó otra daga sospechosamente parecida a la de Geoden y se puso a hacer lo mismo que él. Incluso lo hacía con más facilidad que él.
  El resto de sus aliados, que habían luchado con tanta dificultad contra aquellos fantasmas, comenzaron a tenerlo bastante más fácil, sobre todo porque se animaron y cogieron más fuerzas. No tenían dagas como las que lelvaba aquella pareja, pero eran capaces de debilitar a los fantasmas. En cambio al hombre no, por algún extraño motivo era demasiado rápido para que le hiciesen demasiado daño. Nadie sabía por qué, la verdad. No parecía haber nada sobrenatural que le diese una fuerza extraordinaria, ningún entrenamiento especial.
 Quizás fuese simplemente la fuerza de la desesperación. Ése era sin duda un incentivo muy poderoso para ese hombre. Destrozó muchas de las cosas valiosas que había en ese castillo, e incluso llegó a asesinar a unos cuantos de los encapuchados. Su espada era certera, su baile mortal hermoso pero extremadamente peligroso.
 ¿A qué se debería? Se preguntó más de uno. De todos modos, aquello no importaba, lo importante era detenerlo cuanto antes o interrogarlo. Es probable que supiese demasiado.
 Es más, eso era quizás lo más probable. Así que Geoden se montó en su caballo e hizo salir fuera al hombre. Lo único que tuvo que hacer fue salir, para que el hombre lo siguiera, pues al parecer no quería que nadie saliese fuera, es evidente que lo que quería era asesinarlos a todos.
 Allí se enfrentaron a un duelo muy sangriento. Geoden sacó su espada y el hombre comenzó a arremeter con la suya, que ya estaba llena de sangre.
 El duelo duró muchísimo rato, casi hasta el alba, las arremetidas eran constantes, pero uno siempre se esquivaba al otro antes de que los golpes fuesen demasiado graves.
 Verlos luchar era hipnotizante, algo así como un baile rápido y feroz. 
 Pero al amanecer quedaría claro el resultado.
 El hombre, a pesar de todos sus esfuerzos, no podía aguantar para siempre, así que llegó un momento, poco antes del alba, en el que Geoden logró arrojarle del caballo y colocarle la espada en el cuello.
-¿Os rendís ahora? Habéis sido muy insensato al hacer lo que habéis hecho, aunque he de admitir que sois un buen luchador...habéis durado más de lo que me esperaba.
-No voy a...
-¿No queréis rendiros?-Geoden pensaba matar al hombre de todos modos, pero a él le gustaba mucho jugar con aquellos a los que derrotaba, hacerles ver que tenían una oportunidad, para luego asestarle al golpe final.-No tenéis más remedio...si no queréis morir.
-¿Morir?-susurró el hombre, como si se lo estuviese diciendo a sí mismo.-Hay cosas peores que la muerte...
 Geoden tuvo clara entonces la respuesta del hombre. Parecía un pobre diablo, de todos modos. Mejor, así lo podría matar cuánto antes. Levantó su espada, dispuesto a asestarle el golpe final, cuando una voz femenina desde dentro del castillo dijo:
-¡Basta! ¡No le matéis!
 El hombre y todos los que estaban a su alrededor parecieron muy sorprendidos. Geoden dijo:
-Pero es que este hombre...
-¡No me importa! ¡Regresad y dejadle aquí!
"Órdenes son órdenes" pensó Geoden. Y se dispuso a regresar al castillo junto a todos los demás, para hacer planes. Todos y cada uno de ellos, que iban encapuchados al igual que él. Y todos con la misma marca dorada en el hombro...
 El hombre esperó a que todos regresaran al castillo. Luego se levantó, no pudiendo creer en su buena suerte, y se montó en su caballo de vuelta hacia el lugar dónde se refugiaba. Se sentía más culpable que nunca. Había creído de verdad que ésta vez no fracasaría pero...se había equivocado. Otra vez.
¡Cuán difícil le era encontrar su camino! No hacía más que fracasar una y otra vez...mientras cabalgaba a una velocidad que no era nada normal en nadie en su estado, pensada en la posibilidad de que quizás estuviese condenado de verdad. De que, aunque fuese humano, su alma estuviese sentenciada.
 Esto no sería tan malo si esa condena le atañase solamente a él...

 Dayana recorrió el castillo de arriba abajo, muy nerviosa. En todo el día no hizo otra cosa que buscar a su hija, con la esperanza de que no hubiese pasado lo que ella se temía, que se hubiese marchado. Porque estaba segura de que no había pasado lo mismo de antes, desde luego.
  Supo lo que había pasado cuando Ginebra le mandó una carta, a las dos semanas, y entonces se puso hecha un basilisco, interrogando a sus hijas, acusándolas de no haberla avisado, que si sabían esto, que si no...
 Pero en el fondo se sentía culpable. Sabía, de alguna forma, que aquello pasaría. Así que a los pocos días puso como excusa a la desaparición de su hija otro viaje espiritual.
 Funcionó demasiado bien, ya que mucha gente pensaba que Ginebra lo necesitaba. Más concretamente, los miembros más ancianos de su propia familia.
 Las hijas de Dayana sintieron como el tiempo pasaba muy despacio sin Ginebra. Era como si un soplo de aire fresco que le brindaba la vida aquel lugar hubiese desaparecido.
 Seguían con sus obligaciones, pero estaban más tristes. Sólo sus sueños mantenían en sus corazones una esperanzas que les impedía caer en la apatía y en la tristeza verdaderas.
Angélica estaba casi igual, a pesar de su felicidad junto a Enrique y su embarazo, que marchaba estupendamente. Pero ella, al igual que Nereida, recibía cartas de Ginebra, lo que la consolaba un poco. Tenía la esperanza de que Ginebra decidiera presentarse aunque fuese por lo menos para ver a su sobrinito o su sobrinita. Ella no estaba muy segura de si quería tener un niño o una niña. En el fondo le daba igual, y a Enrique también, pero no las tenía todas consigo, pues se estaba poniendo demasiado gorda, para el tiempo que llevaba embarazada. Sospechaba que esperaba gemelos, lo que la asustaba un poco. Deseaba de todo corazón que su parto no fuese demasiado difícil...
 Un día, Julian decidió salir a dar un paseo a caballo por los territorios del reino. Le gustaba mucho cabalgar rápido, sentir la adrenalina, como si el peligro estuviese cerca. La velocidad le hacía sentirse vivo. Bueno, en realidad era la segunda cosa que le hacía sentirse vivo después de...pecar.
 Llevaba unos cuantos días pensando en él. ¿Le echaba de menos? Pues no, la verdad, aunque tenía que admitirse a sí mismo que se sentía algo culpable.
Porque su hermano estaría en aquel instante enfrentándose al peligro mientras que él...en fin, se lo había buscado él solito, se lo merecía. Podría haber tomado el camino que cogió él, el camino fácil. No sólo por ser el fácil, sino por ser el más sensato.
 En fin...que sea lo que Dios quiera, pensó él, antes de regresar a palacio a buscar a Victoria.
 Inés se sentó frente a su arpa y se supo a tocar una melodía muy triste, melancólica. Tocar el arpa era para ella tanto un consuelo como una alegría. Era lo que mejor se le daba. Lo que mejor se le daría para siempre.
 Aquella noche tocó una melodía hechizante, que recordaba sospechosamente al lamento de una sirena, lo que puso nervioso a más de uno en el castillo. Pero nadie dijo nada, pues esa música era hipnotizante y hermosa, y nadie jamás le había dicho a Inés que no tocase. La chica podía usar el arpa siempre que quisiera, cosa que hacía muy a menudo.
 Cerró los ojos y se dejó llevar por la música, como si fuese lo único que en el mundo existiese.
A lo lejos, en la noche, una figura oscura se acercó y trepó hacia la ventana dónde Inés estaba tocando. No se asomó a la ventana, pero se acercó lo suficiente para poder escuchar la música de primera mano. Se dejó hechizar por la música y cerró los ojos.
 Así estuvo durante mucho rato, sin que nadie se diese cuenta. Por suerte, la noche le protegía y le ocultaba de cualquier peligro.
 Pasó mucho rato escuchando a la princesa Inés tocar, hasta que finalmente la canción terminó, muy tarde, cerca de la medianoche. Entonces desapareció…
 Alguien llamó a la puerta de los aposentos de Inés, con tres golpes suaves.
-Adelante.-dijo Inés con un hilo de voz.
  Nereida entró en los aposentos de su hermana, y se sentó junto a ella.
-Inés...¿qué tal estáis?
-Bien. Al menos eso creo.-respondió su hermana, dando los toques finales al arpa.
-Deberíais tocar otros instrumentos, como el violín, por ejemplo. Así variaríais un poco.
-No me gustan ninguno...sólo el arpa.-replicó Inés, suspirando.
-No os encontráis bien, ¿verdad?-Nereida le apartó cariñosamente el pelo de la cara de su hermana.
-No mucho, y creo que ya sabéis por qué.-Nereida lo sabía...¡claro que lo sabía!
-Volverá algún día, Inés...pero no a casa. La volveremos a ver. Ella misma lo dijo.
-¿Dónde?
-Pues...en nuestros futuros hogares. Ya sabéis, cuando cada una de nosotras se case…-a Nereida no le gustaba mucho pensar en ese tema, en el fondo. ¿Con quién tendría que casarse? La muchacha tenía muchos pretendientes, era de las que más tenía, debido a su belleza y a sus elegantes modales.
 Pero no lograba que ninguno le gustase de verdad. Dos años antes no le hubiese importado demasiado eso de no casarse por amor, habría sido feliz con un buen marido que tuviese alta posición económica y un gran cargo en el gobierno. Pero ahora…las cosas eran muy diferentes. Al menos eso creía ella, siempre y cuando él estuviese bien. Pero, desgraciadamente, no tenía ninguna garantía de que así fuese.
-A veces sueño con la muerte, hermana, aunque no sé por qué…-dijo Inés de repente. Era cierto, demasiadas veces soñaba con la muerte. Y se sentía con ganas de hablar de ello.-Como una dama fría, pero bella y llena de elegancia. Sueño con que viene aquí y uno por uno, se lleva a todos nosotros. Y luego se hace la oscuridad.
-¿Lo soñasteis anoche, hermana?-preguntó Nereida, preocupada.
-Pues sí…
-Entonces…
-Pero anoche hubo una diferencia en torno a los demás sueños. Una pequeña diferencia que me asustó sobremanera…-dijo Inés mientras comenzaba a tocar el arpa de nuevo.
-¿Cuál es esa diferencia?-a Nereida le asustaban ya esos pequeños detalles. Hacía tiempo que sabía cuánto valían esos pequeños detalles.
-Le vi el rostro Nereida…y la conozco. No sé por qué, pero la conozco.
-¿La? ¿Eso significa que la muerte es una mujer?-preguntó Nereida, con tamaña curiosidad.
-¿Quién sabe? La muerte puede tomar muchas formas, aunque no me dio la sensación de que fuese una máscara. ¿Pero qué voy a saber yo? No soy más que una mortal, y una mortal asustada ante los misterios de la vida. Debería rezar. Confesarme.
-¿Para qué? No creo que al sacerdote le guste saber qué soñáis con esas cosas.
-No tengo la intención de contarle eso. Sólo que mi alma se halla muy desamparada.
-Entonces…seguid tocando el arpa. Tal vez logréis expresaros mejor así, dejar escapar la inquietud de vuestra alma.-dijo Nereida, a pesar de que Inés ya lo estaba haciendo.
 La melodía que estaba tocando era distinta de la anterior, no tenía ya la misma tristeza que antes. Llevaba algo muy distinto, una fuerza desconocida, que a pesar de todo, no era demasiado buena.
 Porque llevaba una nueva sensación, algo que traían los vientos de Vergalda, de algo que pasaría muy pronto…Nereida no sabía por qué pero lo sintió. Tampoco supo el por qué esa canción hizo que una canción tintineara en su cabeza:
              La muerte no es más que una fugitiva,
 Que retrasa su camino para jugar con nosotros,
     En algún momento llegará,
      Más ella no es más que una emisaria,
 Llegará el momento en el que nos hará pagarlo todo,
 Nuestros más fieros pecados quedarán expuestos al mundo,
Y el castigo más cruel caerá sobre todos nosotros,
Pero sobre aquellos tres será peor,
 Pues ellos cometieron un pecado fatal,
Algo peor que la muerte,
Aún siendo inducidos a ello,
 No se salvarán de su castigo, ni se su muerte,
 Poco les queda ya, pues para ellos ya es demasiado tarde…
 Nereida se estremeció al oír esa canción, le hacía sentirse bastante incómoda. Deseó olvidarse de todo, así que le dio las buenas noches a Elizabeth y regresó a sus aposentos, dispuesta a olvidarlo todo durante unas horas.
 A pesar de todo, seguía escuchando esa dulce melodía cuando cayó en la más profunda oscuridad…






sábado, 18 de junio de 2011

13. La semilla de la voluntad de Ginebra.

 Pasaron los días y Ginebra se recuperaba con mucha rapidez. En muy poco tiempo volvió a ser la muchacha alegre de siempre. Mientras tanto, se extendió por el reino el rumor de que Julian había salvado a la chica, lo que hizo que aumentase sobremanera su prestigio. Nereida y Anne le dijeron a Ginebra lo que habían hecho, y aunque a la princesa no le parecía muy buena idea, aceptó, porque de todos modos era lo más sensato.
 Pero Dayana, aunque se sentía muy feliz de saber que su hija estaba bien,  no se creyó los rumores que sus propias hijas habían creado y distribuido. Ella no era nueva en esto, y supo enseguida lo que había pasado, nada más ver a su hija. Y al parecer, ella sabía más acerca de lo que le había pasado a su hija que Nereida y Anne. Era algo que los magos aprendían desde que eran muy pequeñitos, en el transcurso de su educación.
 Así que un día decidió ir a hablar con su hija, cuando la chica dejó el tratamiento y pudo caminar por el castillo como antes. La abordó en el comedor, cuando ya no había casi nadie y los criados estaban demasiado ocupados recogiendo la mesa como para oírlas.
-Ah, hola madre.-la saludó Ginebra.
-Hija mía, tengo que hablar con vos urgentemente.-dijo Dayana.
-Vos me diréis, madre.
-Lo que os ha pasado…tengo que deciros qué…-Dayana decidió que lo mejor sería ir al grano.-que no me creo los rumores que se han ido extendiendo por ahí. No fue Julian quién os salvó, de eso estoy completamente segura.
-Ah, ¿y entonces quién?-dijo Ginebra, desafiante. Demasiado desafiante.
-Os pasó lo mismo que Anne…sólo que a las dos semanas os recuperasteis…y eso se debe a una sola cosa…-Dayana frunció el ceño, malhumorada ante la postura de su hija, pero siguió hablando, a pesar de todo.-a lo que sois…
-Por supuesto que sí…-dijo Ginebra con voz fría, comenzando a andar alrededor de su madre, señalándola con un dedo acusador.-Por supuesto que vos lo sabéis. A mí tampoco se me puede engañar, ¡lo sabéis porque he heredado mi condición de vos! ¿De qué otra forma lo ibais a saber?
-Sabía que lo habíais adivinado.-y de hecho era cierto, Ginebra lo había sabido desde siempre, pero nunca se había atrevido a hablar del tema con su madre, y ella tampoco lo había mencionado, porque sabía demasiado bien que aquello que no se habla es posible que desaparezca, que muera. O por lo menos eso es lo que ella pensaba por aquel entonces, en sus vagas esperanzas.
-Por supuesto que sí. Aunque no sabía eso de que me podría recuperar a las dos semanas…
-Así es…los brujos y las brujas no tienen acceso a la inmortalidad, la magia que corre por sus venas les impide mantener el veneno para siempre, lo disuelven al poco tiempo. Y esto solamente os lo he dicho por vuestra propia seguridad, para que sepáis que estáis a salvo. No volveremos a mencionar este tema nunca más… ¿entendido?-dijo Dayana con su voz más firme y fría.
-¡De eso nada!-dijo Ginebra negando con la cabeza. -¡No se puede negar la evidencia de lo que somos, madre! Vos lo habéis hecho, ¡pero yo no pienso hacerlo! ¡Nunca más!-ahora que había pasado una experiencia semejante, creyendo que rozaba la muerte, se sentía más poderosa, más valiente, dispuesta a aprovechar la vida y a cumplir con todos sus sueños.  Aunque había otro pequeño detalle por aclarar.
 Porque en realidad, esa semilla de la voluntad se había germinado la noche del baile, y había florecido en todo su esplendor en el tiempo que había transcurrido después.
-¡Ginebra, no sabéis lo que decís! Nadie se debe enterar de esto, vuestro destino es seguir aquí y ser una buena princesa.
-¿Y si yo no quiero hacerlo? ¿Y si quiero ser otra cosa? Madre, deberíais aprender de una buena vez que las personas pueden cambiar, tomar las riendas de su destino y conducirlo a un camino diferente, a un jardín distinto al de sus ancestros.-dicho esto la muchacha se dio la vuelta y se marchó, dirigida por una determinación de fuego, antes de que la reina Dayana reaccionara y gritara:
-¡GINEBRA, VOLVED AQUÍ!
  La reina se puso a correr tras ella, dispuesta a alcanzarla y a hacerla razonar como fuese, pero la chica fue más rápida que ella, subió las escaleras directa a sus aposentos y allí se encerró. Dayana, suspirando, regresó para cumplir con sus deberes de reinas, pensando que quizás un poco de tiempo para reflexionar podía serle de alguna ayuda. Tenía esperanzas de que aquello le hiciese entrar en razón.
 Pero en realidad, tenía pocas esperanzas…
  Ginebra respiró hondo tras encerrarse en sus aposentos, tratando de no echarse a llorar. Pero poco después tomó la decisión que cambiaría su destino para siempre. No pensaba echarse atrás, había decidido luchar por sus sueños, costara lo que costase.
 Así que cogió una cesta y metió en ella todo lo que necesitaba, solamente lo imprescindible. Luego salió al jardín bajando por el árbol que había enfrente de la ventana de sus aposentos, y buscó a su hermana Nereida.
 La encontró en las cuadras, cuidando a los animales.
-Nereida…quiero que deis un paseo conmigo, tengo que hablar con vos de algo muy importante.
-Está bien.-dijo Nereida dejando a Diana en su sitio y a un gato entre la paja. El minino se puso a jugar entre la paja, mientras la muchacha se marchaba con Ginebra, algo preocupada al ver su expresión. Aunque en realidad imperaba la curiosidad en ella, había una determinación en su rostro desconocida en su hermana, que no le había visto nunca antes. Por lo que se auguraba que había tomado una decisión importante. La conocía demasiado bien.
 -Bien, ¿de qué queríais hablar conmigo?
-Me marcho, hermana. He de irme de aquí para siempre…
-¿Pero adónde? ¿Y por qué?-le preguntó Nereida, alarmada. No estaba de acuerdo con la idea de su hermana, por supuesto, pero prefería esperar a que le diese sus razones, antes de convencerla de que se quedaran.
-¡Porque me siento atrapada en este lugar! Quiero cumplir mis sueños y viajar por el mundo, conocer cosas nuevas y poder hacer uso de la magia como yo quiera…si me quedo aquí me sentiré atrapada en vida, y entonces…-Ginebra se abrazó a sí misma, tratando de no pensar siquiera en esa posibilidad. Pero Nereida sabía demasiado bien lo que ella quería decir. Aún así le preguntó:
-¿Y qué pasa con nosotras? ¿Con vuestras hermanas? ¿Y el bebé que tendrá Angélica? ¿Es que nunca veréis a vuestro sobrinito? O sobrinita, ¿quién sabe?-Nereida no sabía si su hermana Angélica iba a tener un niño o una niña, pero de lo que sí estaba completamente segura es de que el bebé sería muy grande, ya que Angélica estaba cada vez más gorda. Gordísima.
-No me olvidaré de vosotros. Os mandaré cartas, iré a visitaros cuando os vayáis casando…además, en Hogwarts no me pasará nada malo. Es un lugar muy seguro y allí aprenderé a defenderme.
-¿Hogwarts? ¿Qué es eso?
-Es una escuela de magia muy antigua, tiene casi seiscientos años. Allí aprenderé lo suficiente sobre magia hasta que pueda defenderme por mí misma.
-¡Vaya!-eso era un alivio para Nereida, un alivio muy grande, pero de todos modos seguía sin querer que su hermana se marchara. Iba a decirle algo cuando Ginebra la interrumpió y le dijo:
-No vais a lograr convencerme de que me quede, hermana. Pienso luchar por mis sueños y vivir la vida como siempre quise. El mundo es un lugar frío y oscuro, pero sigo creyendo en la bondad del ser humano y la luz del mundo, aunque parezca increíble. Me niego a acabar como esas mujeres que hicieron a un lado sus sueños por cosas que no hicieron más que arrebatarles la vida. Maridos, posición social…yo no quiero eso. Sólo quiero eso, una buena vida. Os lo que he contado porque confío en voz, hermana, y porque quería despedirme.
 Nereida miró a su hermana durante un buen rato, muy pensativa. Tenía que reflexionar sobre ello, aunque tenía que admitir que estaba de acuerdo con su hermana. Era algo lógico, la verdad. Había aprendido hacía tiempo, por pura experiencia, las consecuencias del para siempre, del nunca jamás. No había podido escapar del horror de lo que era real e irrevocable. De los límites hacia los que se podía llegar. Nereida estaba confusa.
 ¡Tan confusa! Era algo admirable que su hermana pequeña hubiese alcanzado el valor para perseguir sus sueños.
-Entonces, aunque nada de lo que yo diga pueda impedir que os vayáis, tenéis mi bendición. Espero que lo consigáis. –Nereida le dio a su hermana un fuerte abrazo, tratando de que no se le escaparan las lágrimas. 
-Por cierto, Nereida. Si algún día queréis venir conmigo no tenéis más que mandarme una carta. Os estaré esperando a las afueras del reino.
-¿Pero por qué decís eso, si sabéis que yo no soy cómo vos? Nunca jamás seré capaz de alcanzar esa fuerza, de correr aventuras como las que podéis correr, hermana.
-Pero sé que en el fondo queréis lo mismo que yo, aunque no estéis muy segura de ello ahora.-dijo Ginebra. -¿Recordáis las cosas de las que hablábamos cuando éramos niñas?
 Nereida suspiró. Lo recordaba, ¡por supuesto que lo recordaba! La princesa era una de las hijas más obedientes de la reina Dayana, pero desde siempre había tenido ocultos en su interior unos sueños de gloria que solamente había compartido con Ginebra, y algunos con Elizabeth. Secretos que a ella le hacían sentirse algo incómoda de vez en cuando, deseos de gloria que sabía que nunca alcanzaría pero que a veces le pesaban como una quemazón.
 Una quemazón…
 De todos modos eran secretos nebulosos, nunca había tenido claro qué era lo que quería de verdad. Deseaba con todas sus fuerzas saberlo, pero ese secreto siempre había estado guardado allí, en su corazón. Como si hubiese nacido con ella.
-Descuidad, Ginebra. Os avisaré. Es más, me gustaría que me hicierais un favor. Si por casualidad os encontráis en vuestro viaje con un hombre de pelo moreno y parecido a Julian…-Nereida le ofreció a su hermana una descripción casi exacta del joven, el hombre con el que soñaba tantísimas veces y al que echaba de menos de tal forma que su dolor era casi físico.-decidle que le echo de menos…
-Ese hombre es Dick, ¿verdad?
-Cierto.
-De acuerdo. Si le veo se lo diré. Y de paso le diré unas cuantas cositas acerca de vos-Ginebra sonrió con petulancia. Luego le dio otro abrazo a su hermana.-Nos vemos, Nereida. Os escribiré cuanto antes.
 Tras decir estas palabras, atravesó las puertas que conducían a las afueras del reino, dio una vuelta sobre sí misma y desapareció entre chispas rojas y violetas.
-Vaya…-Nereida suspiró con tristeza y emprendió el regreso a palacio, con un montón de pensamientos arremolinándose en su cabeza…
 Ginebra se pasó varios días viajando, tratando de no pensar en lo que había dejado atrás. Se sentía triste por su familia, pero de todas formas se sentía casi siempre feliz por la decisión que había tomado.
 Estaba completamente segura de que a largo plazo se lo agradecería a sí misma, cuando fuese una anciana.
 Perfeccionó un poco su magia por el camino, dándose cuenta de que, aunque se le daba bien luchar y hacer otras cosas, lo que mejor se le daba era curar a la gente. Su magia era sobre todo curativa, cosa que la hizo muy pero que muy feliz.
  Cuando llegó a Hogwarts, habló con la directora y fue admitida enseguida. Y allí, Ginebra tomó la decisión de ocultar que pertenecía a la realeza…
  
 -¡Julian! ¡Qué bien qué os veo aquí!-dijo Victoria, corriendo hacia el muchacho, que estaba con una mano en el pomo de la puerta de sus aposentos.
-Yo también me alegro de veros, Victoria. Pensaba ir a veros a la hora de la cena.
-No hace falta.  La hora de la cena ya ha pasado y sé que vos ya habéis cenado mientras cazabais. He venido a hablar con vos. ¿Recuerda aquello de lo que hablamos mientras mi prima Ginebra andaba desaparecida?
-Cómo para no olvidarlo.-dijo Julian, esbozando  una sonrisa misteriosa.
-Bien, pues si a vos os parece bien, me gustaría mucho que hablásemos de eso más a fondo…-susurró Victoria con voz coqueta, poniendo ambas manos en el pecho de Julian.
-Lo que vos digáis, mi querida Victoria.-dijo Julian, abriendo la puerta de sus aposentos y tomando a Victoria por la cintura.
 Cuando estuvieron solos en la habitación, Victoria decidió ir directamente al grano. Cuando antes mejor. Así que le besó en la boca. Julian le siguió el beso encantado, conduciendo a Victoria hacia la cama mientras le acariciaba el pelo e iba bajando la mano. 
  Entonces, ambos cayeron en la cama, llenos de pasión, y perdieron totalmente el control…
   -Ya queda muy poco…-dijo Dick, mirando de un lado para otro. Su montura no parecía cansarse nunca. Dick no pudo evitar pensar que parecía un caballo de los infiernos, negro, con una energía increíble, podía correr durante kilómetros y más kilómetros.
 El joven estaba lleno de cicatrices y su blusa blanca estaba rasgada por todas partes, y cubierta de restos de sangre seca. Había pasado por muchas batallas, pero al fin lo había conseguido, había llegado a dónde quería.
 Le dio la señal a su caballo para que comenzase a correr, y el purasangre saltó del pequeño acantilado y corrió de camino al castillo, dónde se estaba celebrando un baile. Una fiesta de victoria. Dick se sentía henchido de orgullo y de poder antes lo que estaba a punto de hacer.
 Tenía el presentimiento de que si lograba que sus planes saliesen bien aquella noche obtendría la paz que tanto anhelaba. Así que desenvainó la espada y lanzó un grito de guerra.

viernes, 17 de junio de 2011

12.Esto no tiene nombre.

 -¡Ginebra!-Nereida se agachó junto a su hermana, tratando de levantarla-¿Estáis bien?
 Ginebra trató de levantarse, pero no pudo. Aquel frío helador que la había invadido de repente iba yendo a más. Era algo parecido a cuanto se había transformado, sólo que esta vez era al revés.
 La primera vez había sentido calor, en aquellos momentos lo que sentía era un hielo abrasador que la congelaba sobremanera.
-No sé lo que me pasa…me duele mucho…
-Tengo que pedir ayuda…-¡ANNE! ¡ANNE!-gritó Nereida. Estaba segura de que por aquellos alrededores no la oía nadie más que algunos campesinos. Pero estaba segura de que su hermana la oiría.
 Y efectivamente, así fue. Ginebra habría protestado, pero en aquellos momentos se encontraba demasiado débil y dolorida como para decir palabra. El dolor la agarraba, tiraba de ella hacía alguna parte. Pero no estaba muy segura de hacia dónde.
-¿Se puede saber qué está pasando aquí?-Anne se acercó a las dos muchachas, y cuando vio a Ginebra en ese estado se sorprendió sobremanera.
-¡No entiendo nada!
-¡Pues esperaba que fuerais vos quién me dijeseis qué es lo que le pasa, ya que tenéis experiencia en esto!-exclamó Nereida, mientras trataba de levantar a su hermana para llevarla de vuelta al castillo.
-Esperad un momento…Ginebra, ¿qué os pasa, cómo os sentís?
-Tengo frío. Tengo demasiado frío.-murmuró la muchacha entre dientes, dolorida.-Es igual que cuando me transformé, sólo que antes era fuego. Ahora es hielo.
-¿Qué? Nunca me habían dicho que nos pudiese pasar algo así, ¡me dijeron que no nos podía atacar ninguna enfermedad!-exclamó Anne, mientras ayudaba a Nereida (de un modo mucho más rápido) a llevar a Ginebra de regreso al palacio.
 Las dos muchachas se las arreglaron para llevar a Ginebra a sus aposentos. Por suerte Ginebra no hizo ningún ruido, se sentía demasiado débil, a veces soltaba algún gemido, pero nada más. No entendía lo que le pasaba y aquello la asustaba muchísimo. ¿Qué le estaría pasando? ¿Se estaría muriendo? ¡Ojalá que no fuese así! Aunque teniendo en cuenta lo que le había pasado, era lo más probable.
-¡Anne, tenemos que hacer algo!
-¡Lo sé, pero no sé el qué!
 En aquel momento no había casi nadie en palacio, aparte de unos pocos criados y unos cuantos soldados. Julian también rondaba por el reino, pero no había nadie más por allí. La reina Dayana y el resto de sus hijas se hallaban fuera del reino,  en un viaje urgente, relacionado con la búsqueda de Ginebra.
 Así que pasaron varias horas, y las chicas no lograron hacer nada, absolutamente nada. Se comenzaron a desesperar, cuando vieron que Ginebra estaba cambiando.
 Más que cambiar, estaba…volviendo a la normalidad.
-¿Qué demonios…?-masculló Anne. -¡No entiendo nada!
 Su piel estaba perdiendo la palidez, volvía a ser poco a poco tan sonrosada como siempre, y sus ojos estaban recuperando el castaño habitual. Hasta que en unas pocas horas, volvió a ser la chica que era antes. Y se quedó profundamente dormida.
-No me lo puedo creer…-murmuró Nereida, agachándose para poner una mano en la frente de su hermana.-No parece que tenga fiebre, de todos modos…-se levantó y se asomó por la puerta de los aposentos. -¡Luna!-gritó.
-¿Sí, princesa Nereida?-preguntó la chica, llegando de las cocinas.
-Quiero que le preparéis la comida a la princesa Ginebra…sí, la hemos encontrado…había sido…secuestrada por unos bandidos, pero Julian la rescató-Nereida odiaba tener que decir una mentira como esa, pero desgraciadamente ésa era la única excusa que se le ocurrió. Luego tendría que hablar con él, y tenía un presentimiento bastante malo acerca de lo que el muchacho diría.-y que aviséis a la reina que Ginebra ya está aquí. Está bien.
-¡Enseguida!-Luna salió corriendo para cumplir las órdenes de Nereida. Anne suspiró.
-Tengo que admitir que ésa es la única mentira que colará, hermana.
-Lo sé…Ginebra parece estar bien…muy bien.
-No entiendo lo que ha pasado. Pero Nereida, os juro que pienso averiguarlo. Es posible que así encuentre alguna posibilidad de salvarme…-Anne se sentía muy confundida, no tenía ni idea de cómo había pasado semejante cosa, pero aquello le había dado esperanzas. Oía el latido del corazón de Ginebra, cosa que indicaba que estaba bien y que se despertaría, así que quizás hubiese alguna posibilidad de que ella pudiese volver a ser humana…
 Aunque tampoco es que estuviese muy segura de si era aquello lo que quería.
-Esto…princesas, no entiendo nada…-dijo Julian asomándose por la puerta de los aposentos. –Luna va diciendo por ahí que yo he rescatado a Ginebra de unos bandidos, cuando yo no… ¡oh!- Julian se acercó a la cama al ver a Ginebra profundamente dormida. -¿Había algún doble mío por allí por casualidad? ¿O quizás…?-Julian se calló la boca antes de decir  lo que había estado a punto de decir. Había una única persona con quién podía confundirle, y no le hacía la más mínima gracia pensar en ello, la verdad.
-Vos la habéis rescatado, al menos eso es lo que iréis diciendo por ahí. Más os vale seguirnos la corriente, si no queréis meteros en un buen lío.
-¿Qué demonios? ¿Y eso por qué?
-¿Qué deseáis por callaros la boquita?-Nereida se acercó a Julian y le agarró por las solapas. Anne se mantuvo alerta, preparada para actuar si fuese necesario.
 Julian sonrió. Le encantaban aquellas situaciones, y más todavía cuando estaba Nereida de por medio.
-Pues…dejadme pensar…-Julian cogió a Nereida de las manos y acercó su cara a la suya.-Pues, quiero…-a Anne se le escapó un gruñido vampírico, aquello no le gustaba nada. Si llegaba a decirle delante de ella lo que creía que iba a decirle, se metería en problemas.
-Pues…-continuó Julian.- quiero que me des aquello que Dick te dio cuando…
-¿Te refieres a aquella reliquia?-le interrumpió Nereida. No quería entrar en detalles delante de Anne, quién la miró suspicaz. Pero Julian asintió.
-De acuerdo…aunque me moleste id a por él. Está en la cuadra. Id a por él. ¡Pero cumplid con vuestro trato!
-No os preocupéis. Yo cumplo con mis promesas, vos sabéis eso de sobra.-Julian se giró y se marchó, probablemente de camino a aquellas cuadras.
 Cuando se marchó, vio que Anne la miraba de una forma muy extraña.
-¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué me miráis así?
-Eso es lo que tendría que preguntaros yo, hermana. Estáis muy rara desde que regresasteis a casa, todos lo notan, hasta madre. Guardáis un secreto, algo muy gordo, de eso estoy completamente segura…
-¡Eso es ridículo, yo o guardo ningún secreto!-dijo Nereida con una voz muy firme y convincente. Pero Anne siguió mirando a su hermana muy seria.
-A mí no me la dais con queso. Si voz no me lo decís se lo preguntaré a Julian, estoy segura de que él me lo dirá.-Y efectivamente Anne estaba segura de ello. Si se resistía ella sabía muy bien cómo convencerle.
 Nereida lo sabía, y por eso se asustó. Pero no lo demostró, aunque Anne lo notó perfectamente.
-No guardo ningún secreto…-repitió, como si estuviese tratando de convencerse a sí misma, no guardo ningún secreto… ¡lo juro!-entonces salió de allí de regreso a sus aposentos, tratando de no sentirse invadida otra vez por sus recuerdos.
 Anne suspiró, pero se juró que lograría hacer que su hermana cantara. Sabía cómo, pero en aquel momento tenía otras prioridades.
 Ginebra Castillo Dalma gimió en sueños. Luego, poco a poco, abrió los ojos…

 -¡NO!-gritó el hombre.
 Tuvo que ver con sus propios ojos cómo caía su último aliado al suelo, muerto. A su alrededor había un montón de cadáveres cubiertos de sangre. Y otro hombre le miraba salvajemente, con una espada manchaba de sangre en la mano.
-Ha sido demasiado fácil…-dijo el hombre.-No tenéis nada que hacer contra mí.
-Eso ya lo veremos.-el joven sacó la espada y arremetió contra el hombre de la mirada salvaje, a quién le costó mucho esquivarle, pero cuya espada chocó contra la de él.
-Sois demasiado joven e ingenuo. No tenéis ni idea de lo que es la vida.
-Me basta con saber el modo adecuado de mataros.-replicó el joven mientras tiraba al hombre al suelo y le hacía un corte en el pecho. Si no le hubiese esquivado a tiempo, lo había matado sin ninguna duda. Y efectivamente, tenía razón en lo que había dicho. Ya apenas recordaba lo que era la vida. Ahora lo único que sabía era de muerte, de miedo, de dolor, de oscuridad, y sobre todo, de guerra.
-Algún día caeréis… no podéis estar huyendo para siempre, algún día os atraparán, y caeréis. Si no os mato yo lo hará otro. No sois más que un simple muggle.
-Mira quién fue a hablar.-masculló el joven, esquivando una fuerte arremetida, que de todos modos le dio un buen corte en el brazo. Se esforzaba por darle a su atacante en un ataque frontal, ya que el factor sorpresa no era precisamente su punto fuerte.
-Las mentiras no podrán protegerte durante demasiado tiempo. Al final caerás.-finalmente el hombre acorraló al joven contra un árbol y sonrió malévolamente. Parecía un cadáver, con su palidez tan enfermiza y su mirada salvaje.
-Cuando tienes motivos para vivir, es imposible caer.-respondió Dick, empujando con su espada al hombre, que cayó en una de las tumbas abiertas.
-¿Motivos para vivir? Nunca debisteis haber dicho eso…¡Nunca debisteis haberlo hecho! Puede que sea vuestra perdición…
-Eso si se llega a enterar alguien…-dicho esto, el joven le clavó al hombre la espada en el corazón, en una arremetida demasiado rápida.
 El hombre cayó al suelo, muerto, tal como lo había hecho anteriormente el amigo del joven. Perfecto, había logrado su venganza. El joven sonrió y se marchó de allí, dispuesto a encontrar el camino de vuelta…
  Nereida se despertó, sintiendo un dolor de cabeza muy extraño. Aquellos sueños ya se estaban repitiendo demasiado. Aunque nunca soñaba con lo mismo, cada vez que soñaba con él estaba en una situación muy distinta. ¡Era algo tan extraño! Por lo que la pobre se temía que quizás fuesen predicciones de futuro, o incluso algo que ya había pasado.   Pero por lo menos, sabría que él, por ahora, estaba bien.
Al menos por ahora…
 A la mañana siguiente, Jean Baptiste fue a buscar a Nereida para que ambos fuesen a dar un paseo. Al principio Nereida se sintió un poco recelosa, pero luego decidió que sería lo adecuado. Tenía que enfrentarse a la verdad.
-Siento mucho haber reaccionado tan mal antes…es que…me sorprendió mucho la noticia.
-No os preocupéis hija. Es normal, para algo como esto…-a Jean no le extrañaba, por supuesto, aunque aún le costaba un poco eso de acostumbrarse a considerar a Nereida como su hija. A ella le costaba más todavía, aunque tenía que reconocer que se parecía más a él que a cualquier otro miembro de su familia. Tal vez entonces las cosas llegaran a salir bien, y lograba cogerle cariño a ese hombre, a su padre.
-Madre debería haberlo dicho antes…-dijo Nereida, mientras le daba un poco de prisa a su caballo, para que  cabalgase un poco más rápido.
-Opino lo mismo, pero más vale tarde que nunca, Nereida.-dijo Jean con convicción. Eso era cierto, pensó Nereida. Más valía tarde que nunca, eso era mejor que estar atrapado en aquello que era real e irrevocable, eso lo sabía ella por propia experiencia.
  Los dos estuvieron charlando durante un buen rato de cosas banales, mientras iban a caballo por el reino. Más que nada para conocerse mejor. A su padre y a ella le gustaban mucho los caballos, y algunas cosas más como el té blanco y la comida fina. Jean constató satisfecho lo buen educada que estaba su hija. Por lo menos Dayana había hecho un buen trabajo, estaba seguro de que a Nereida le esperaba un gran futuro. Sobre todo porque Nereida hablaba muy bien francés.
 Bien es cierto que la conversación fue un poco fría, pero eso se debía a que aún les costaba a los acostumbrarse a esa situación, aunque por suerte lo harían con el tiempo.
 Jean estaba completamente seguro de poder cumplir la promesa que le había hecho a Dayana. Protegería a su hija lo mejor que pudiera.
 Nereida sabía de esa promesa, porque él mismo se la había contado. Entonces sintió más simpatía por él. Cuando se despidieron, la joven supo que se acabaría llevando muy bien con él, lo cual aliviaba un poco el peso de su sorpresa y dolor. 
 Le hacía incluso un poquito feliz.
  Mientras tanto, Bellatrix escribía un poema, tumbada en el valle de flores junto a la joven Luna, que en aquel momento cuidaba de ella:
  La vida es como una flor,
Frágil y hermosa,
Poco a poco se va marchitando
Entre secretos y errores cometidos,
Para dirigirse a un para siempre…

11. Las transformaciones de Ginebra.

 Ginebra cerró los ojos y esperó. Por suerte no estuvo de ascuas durante demasiado tiempo. Unas bellísimas luces de color rojas y esmeraldas comenzaron a bailar a su alrededor rápidamente, envolviéndola en una dulce música que hipnotizaba.
 Ginebra abrió los ojos y se sintió fascinada por lo que acababa de crear. No sabía cómo lo había logrado, pero poco le importaba, ¡eran tan hermosas aquellas luces! ¡Y qué música! Aquello sin duda era magia en estado puro. Sonrió fascinada y trató de coger algunas de esas luces, para comprobar si se podía hacer algo con ellas. Sintió su tacto fresco y suave, pero transparente. 
 Aún así, podía cogerlas y jugar con ellas, como si fuese plastilina, y trazar formas nuevas. Si mezclaba los colores no lograba un color nuevo, pero se producían unas chispas que eran como estrellas. Un efecto fascinante.
 Ginebra avanzó, escondiéndose todavía más del baile. No quería que nadie la descubriese, aunque apenas pensaba en ello en aquellos momentos, estaba demasiado ocupada con la magia que acababa de crear.  Se pasó un buen rato así, jugueteando con las luces y manteniéndolas, sin importarle lo más mínimo que se pudiese hacer algo con ellas o no, y sin saber lo que eran exactamente aquellas luces.
 Pero entonces, vio algo.
 La joven princesa dio un respingo y reculó para atrás. En sus manos las luces habían comenzado a tomar forma, y unas escenas se estaban creando en ellas, como si fuese una bola de cristal. Y poco después los colores cambiaron, se formó una escena que era sospechosamente parecida a los recuerdos que se les pasaban a las personas por la cabeza. Ginebra al principio se asustó, pero luego se quedó allí contemplando con curiosidad qué era lo que se estaba mostrando en esas luces…
 El hombre moreno sacó su espada y miró de un lado para otro, lleno de curiosidad. No tenía ningún miedo, pero aún así estaba alerta. Más le valía no bajar la guardia jamás.
 Se abrió paso por el cementerio, todo lleno de mugre y de olor a muerte. Tenía que salir de allí cuanto antes. Estaba seguro de que había intrusos por allí. Pero no tuvo la ocasión de escapar.
 Unas sombras aparecieron detrás de él, con la intención de ser silenciosas, pero no les funcionó demasiado bien, porque el hombre les descubrió ipso facto. Parecía estar muy acostumbrado a hacerlo. Les dio varios golpes con la espada, pero no les dio a ninguno, ya que las sombras eran demasiado rápidas. Miró de un lado para otro, más alerta que nunca, preparado para dar cualquier otro golpe.
 Y de arriba le llegó. Recibió un zarpazo en plena cara que le hizo caer al suelo. Se levantó con sangre en el rostro, pero no pareció notar el dolor.
-¡Venid aquí, malditos cobardes!-gruñó malhumorado.
 Parecía ser muy hábil con la espada. Inició un baile en el que se esforzó al máximo por vencer a aquellas sombras, pero, aunque hizo lo que pudo, no logró hacerles ni un rasguño. Las dos sombras le dieron tantos golpes que finalmente decidió que lo más sensato sería retirarse con honor.
 No supo muy bien cómo se las arregló para escapar, pero de hecho lo logró. Se las arregló para distraer a las dos sombras y salió corriendo del cementerio, prometiéndose a sí mismo que tarde o temprano les vencería.
  Cuando el hombre se fue, las dos figuras se quitaron la capucha. La joven princesa vio los rostros de dos hombres atractivos, dos hombres rubios y con sonrisas escépticas.
-Ya volverá. Démosle un poco de tiempo.-dijo uno de ellos.
 Lo último que oyó Ginebra fue al fugitivo, que tratando de no sentirse un cobarde murmuraba para sí.
-Esto lo hago por vos, mi bella dama…sólo por vos…
 Entonces aquella visión quedó convertida de nuevo en una bola de cristal de luces. Ginebra no se podía creer lo que acababa de ver, y la verdad es que tampoco sabía dónde se hallaban esos lugares.  ¿Dónde estaría aquel lugar? ¿Y quiénes eran esas personas? ¿Sería aquella visión un sueño, un recuerdo de alguien…quizás la predicción del futuro? La verdad es que Ginebra se inclinaba más por esto último.
-Caramba…-murmuró, pensativa. ¿Cómo averiguarlo?-la joven princesa siguió manejando las luces, pensando. Claro que le iba a costar, ya que era nueva en esto. Pero no pensaba dejarlo, a pesar de que la magia se consideraba una herejía en el reino. Había descubierto que la magia era algo demasiado hermoso como para ser sacrificado, hacía mucho tiempo que ella lo sabía, pero fue en aquel momento cuando decidió no controlar lo que era.
 En esas cavilaciones estaba sumida, cuando de repente, oyó algo.
 Un sonido extraño, que provenía del bosque. Sospechosamente parecido al que había escuchado en aquella visión. La chica retrocedió un par de pasos, algo asustada. Pero sentía curiosidad. ¿Iría a comprobar lo que había en el bosque?
 Decidió hacerlo.  A sus dieciséis años no tenía la sensatez de su hermana Nereida o de Elizabeth (aunque era más inteligente y sensata que las demás, aunque le encantaba el riesgo.) Así que corrió silenciosamente hacia el bosque, guardando las luces en sus manos, concentrándola toda. Le daba pena hacerlas desaparecer tan pronto.
 El bosque daba bastante miedo aquella noche, la verdad. Había demasiado silencio, que podía ser cortado en cualquier momento aunque fuese por el crujido de una rama. Ginebra procuró no hacer ruido, cosa que se le daba muy bien. Deseó poder tener a mano su capucha negra, ya que hacía un poco de frío. Además, era muy adecuada para ocultarse entre las sombras de la noche.
 Poco después de andar por el bosque, se arrepintió de haberse adentrado. Porque descubrió cuál era el origen de aquel sonido misterioso.
 No era ninguna sombra como las que había visto en la visión, pero era algo igual, o quizás más peligroso.
 Ginebra había visto a un vampiro.
-Vaya...pequeña… ¿qué hacéis aquí tan sola en el bosque?-dijo en un tono muy meloso. El vampiro era muy atractivo, uno de los hombres más atractivos que Ginebra había visto en su vida, pero daba bastante miedo. Sus ojos rojos brillaban con una fuerza extraordinaria, y sus labios parecían entreabrirse por el hambre. La chica le podía ver perfectamente los colmillos.
-Yo nada…sólo paseaba por aquí. Creo que debería regresar a casa…
-Esperad un momento…-el vampiro le impidió el paso, con una sonrisa fingidamente amable.- ¿Es que no queréis dar un paseo conmigo, preciosa?
-¡Ya le he dicho que he de regresar a casa! Mi familia me está esperando…-Ginebra supo muy pronto que el vampiro no iba a dejarla escapar. Tenía que pensar algo, y pronto, porque si algo sabía a aquellas alturas de los vampiros es que su mente iba a toda velocidad. Pronto lo supo cuando vio lo deprisa que Anne aprendía las cosas. Demasiado deprisa, cosa de la que se daba cuenta ahora.
 Suerte que podía hacer algo. En aquel momento se alegró, en caso contrario habría estado segura de que hubiese estado condenada.
-¡Quiero irme de aquí! ¡Vais a dejarme en paz!-la joven se concentró en el vampiro, tratando de rescatar algún hechizo de la memoria, cosas que había hecho en el pasado a escondidas. Entonces supo lo que debía hacer. Se concentró en el vampiro mientras éste se acercaba a ella poco a poco, tratando de disfrutar de su miedo (cosa que suelen hacer casi todos los vampiros), y entonces, pensó en el hechizo, conjurándolo mentalmente.
 Entonces, el vampiro comenzó a arder.
-¡Aaaaaaaah! –gritó el vampiro. El grito resonó tan fuerte que Ginebra se temió que lo oyeran en palacio, por lo que se apresuró a huir para regresar a casa. Pero el vampiro, aún en llamas, fue más rápido que ella. La alcanzó y le dio un mordisco en el cuello.
 La joven chilló de dolor, mientras el vampiro se marchaba para tratar de apagar las llamas. Cayó al suelo y estuvo rodando durante mucho tiempo, entre zarzamoras y plantas que se le enganchaban en el pelo y en el vestido.
 Y, finalmente, se detuvo escondida entre unos cuantos arbustos, inconsciente…

-¿Dónde estará Ginebra? Hijas mías, ¿no la habéis visto?-preguntó la reina Dayana. Parecía estar preocupadísima por su hija.
 Las hermanas de Ginebra negaron con la cabeza, incluida la pequeña Bellatrix, que se aferraba su muñeca con temor. Deseaba que su hermana regresara a casa, y pronto.
-Enviaré guardias para buscarla… ¡todos los guardias! ¡No pararemos hasta encontrarla!-gritó Dayana yendo de un lado para otro, llamando al general Baptiste.-Por favor, convoque a todos los guardias, hay que iniciar una patrulladle búsqueda inmediatamente. ¡Pero ya!
-Enseguida, Majestad-dijo el general Jean Baptiste.
 Las chicas no tuvieron más remedio que regresar a sus aposentos, dando por finalizado el baile y deseando con todas sus fuerzas que a la mañana siguiente su hermana hubiese regresado en casa. ¡O mejor todavía, que estuviese allí como si nada! Qué se despertasen y la encontrasen allí, como si nada hubiese pasado, como si ella no se hubiese esfumado en el aire…
 Pero pasó una semana y media y nadie la encontraba. Nereida se temía lo peor. Aquellos días no se estuvo quieta, siempre estaba yendo de un lado para otro. Buscaba a su hermanita pequeña por el castillo o fuera, a caballo, o cumplía con sus tareas. No quería estarse quieta, ya que si lo hacía comenzaría a sentirse embargada por su preocupación y su impotencia. Y ya no estaba segura de poder soportarlos más, sentía que en cualquier momento su fuerza de voluntad podía flaquear, y su resolución, aquella que había tomado aquel día en la cuadra, podía venirse abajo en cualquier instante.
-Estoy seguro de que la encontraremos.-dijo Victoria, que en aquellos días estaba de visita en palacio.
-Seguro, aunque espero que no le haya pasado nada. Pensé que este sitio era seguro, al menos comparado con otros en los que he estado.-Julian sabía perfectamente de lo que hablaba, por pura experiencia.
-Y lo es, aunque… ¿quién sabe lo que habrá pasado? Este mundo es de locos,  puede pasar cualquier cosa.
-Cualquier cosa…-susurró Julian, mirando fijamente a Victoria. La joven le miró con suspicacia.
-¿Se puede saber en qué estáis pensando? ¿Es aquello en lo que estoy pensando?
-¡No, no es momento para eso!-dijo Julian de inmediato.
-Entonces ya sé en lo que estáis pensando, aunque no me lo digáis en este momento…ya hablaremos de eso cuando se solucione todo esto y aparezca mi prima…ya lo haremos…-Victoria se levantó para encaminarse al comedor, mientras le dirigía una sonrisa coqueta a Julian. Una sonrisa fugaz, pero que lo decía todo, absolutamente todo. Julian sonrió misteriosamente y se marchó en dirección contraria…
-¡Princesa Nereida! ¡Princesa Nereida!-Luna corría para acercarse a Nereida, quién en aquellos momentos estaba en la biblioteca, examinando las estanterías, pero sin encontrar nada que le interesase leer.
-¿Qué es lo que pasa, Luna?
-Otra carta…pero ésta tiene remitente.
-¿Qué…?-nerviosísima, la chica prácticamente le arrebató la carta de las manos a la joven Luna. Miró el remitente. Ya iba a devolverle la carta a Luna, al ver que no era quién creía que era, cuando reconoció la letra.
-Muy bien. Podéis retiraros, Luna.
 Mientras Luna se marchaba, Nereida se sentó y abrió la carta. No era más que una misiva que decía:
Reuníos conmigo en la Cueva de Agua. Cuanto antes mejor, os estaré esperando allí.
 No ponía firma, pero Nereida sabía perfectamente quién era. Esta carta no la rompió, simplemente se la guardó en su ridículo. Se levantó y se montó en su caballo, dispuesta a llegar a la torre de agua cuanto antes.
 Tardó bastante en llegar, apenas comenzó el crepúsculo llegó. Siempre le había gustado la Cueva del Agua, por el día estaba muy iluminada y el agua estaba deliciosa, tanto para beber de ella como para bañarse.
 Y allí, en una roca, estaba su hermana Ginebra.
 Nada más verla Nereida corrió hacia ella, sintiéndose aliviadísima de encontrar a su hermana sana y salva. Pero, cuando se acercó a ella, vio algo que la hizo retroceder.
-Dios santo… ¿qué os han hecho?
 Ginebra se bajó se la roca y miró a Nereida con nerviosismo y con la mano extendida, como queriendo retener a su hermana. La muchacha estaba muy pálida y tenía los ojos rojos. Y tenía unos rasgos muy parecidos a los que Anne tenía ahora.
 No se lo podía creer, pero Ginebra había sido convertida en un vampiro.
-¿Quién os ha hecho esto?
-Un vampiro me atacó la noche del baile. Fue horrible, Nereida, las seis horas más espantosas de toda mi vida…
 Nereida sentía ganas de huir, pero no lo hizo. ¡Era su hermana! Así que se acercó a ella y le preguntó.
-¿Habéis matado a alguien?
-No…aparte de unos cuantos pájaros es horrible…
-Deberíais haber llamado a Anne. Ella…
-Es que…
 Pero Ginebra no pudo decir nada más porque, de repente, sintió un frío mortal que la hizo caer al suelo de rodillas.